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¿ENGORDA LA INSULINA?

8 Feb, 2016 / 0

Cuantas veces habremos escuchado la frase “puff la insulina engorda, cuanta más uso más engordo”, pues craso error; ante esta afirmación debemos manifestar una rotunda negación, la insulina NO engorda, es una falsa creencia popular y vamos a explicar su por qué a lo largo de este artículo, para las mentes incrédulas.

Lo normal cuando debutamos con la diabetes y empezamos un tratamiento con insulina, es que recuperemos peso, pero esto no quiere decir que la insulina engorde, sino que éste es un proceso absolutamente normal, puesto que nuestro cuerpo por fin está actuando de forma correcta gracias a la insulina. Antes del debut se suele producir por regla general una drástica bajada de peso, precisamente porque nuestro páncreas no está produciendo la insulina necesaria para trasladar la glucosa sanguínea a las células; de forma que si estas últimas no se nutren, se produce una pérdida lógica de peso. Una vez empezamos a administrarnos insulina, esta función se realiza correctamente, pudiéndose reconducir la glucosa sanguínea a las células, de forma que recuperaremos el peso perdido, pero ¡¡OJO!! esto no quiere decir que la insulina engorde.

Por otra parte, si no llevamos una diabetes bien controlada, y somos propensos a hiperglucemias de forma habitual, ese exceso de concentración de glucosa en sangre se va a eliminar por el riñón, a través de la orina (pues no se está redirigiendo a las células para que se alimenten, por falta de insulina). Cuando esto ocurre, quiere decir que esa orina a través de la que elimina la glucosa que nuestro cuerpo no consume, está repleta de calorías que se desechan sin que hayamos hecho uso de ellas, de forma que con cifras de glucosa en sangre por encima de 300mg/dl la pérdida de glucosa en orina puede ser superior a las 1000 Kcal; de ahí que en los casos de diabetes mal controlada con cifras elevadas de glucosa en sangre se pueda producir una pérdida de peso, no por el hecho de que se use menos insulina).

 

Lo que suele ocurrir en los casos de una diabetes mal controlada (no se inyecta  suficiente insulina en proporción a lo que se necesita,  dieta inadecuada y poco equilibrada, ausencia de deporte o actividad física…) es similar a los síntomas que aparecen cuando debutamos en la diabetes, no se transporta adecuadamente la glucosa sanguínea a las células, de manera que para contrarrestar esa pérdida de energía, nuestro cuerpo nos hace comer más para compensar.

 

Lo que ocurre es que cuando ajustamos las dosis de insulina que necesitamos, o bien tras el debut se comienza el tratamiento con insulina, es que se consiguen regular los niveles de glucosa (ésta ya no es elevada), de forma que ya no se elimina por la orina y se reconduce de forma correcta a las células, por lo que si seguimos ingiriendo las calorías extras que necesitábamos anteriormente para contrarrestar la pérdida calórica mediante la orina, evidentemente aumentaremos de peso, pero no como consecuencia de la insulina, sino porque estamos consumiendo el mismo número de calorías que cuando sufríamos una pérdida importante de dichas calorías a través la orina, de forma que el exceso se irá acumulando, y conllevara un aumento de peso.

 

De forma que, si ajustamos las dosis de insulina a lo que comemos, evitando picos en la glucosa (tanto hiperglucemias como hipoglucemias constantes), y además incluimos el deporte en nuestro tratamiento diario (algo fundamental en las personas que padecemos diabetes mellitus), no tendremos más problemas, en lo que respecta al aumento o disminución de peso, que cualquier otra persona.

 

Por lo que, en el supuesto de que las dosis de insulina que nos inyectamos a lo largo del día resultan insuficientes, lo que ocurrirá, como comentábamos anteriormente, es que no se podrá reconducir a las células toda la glucosa sanguínea, lo que provocará hiperglucemias y se tenderá a bajar de peso si esta situación se mantiene en el tiempo de forma continuada; por el contrario, si las dosis que nos inyectamos a diario son superiores a lo que necesitamos, tendremos que consumir más hidratos de carbono con el objeto de remontar las hipoglucemias que vamos a sufrir por ese exceso de insulina, reconduciéndose toda esa glucosa a las células, y aumentando de peso (que como ya hemos dicho se trata de un aumento de peso que nada tiene que ver con la insulina en sí, sino más bien que dado al exceso de insulina sufrimos hipoglucemias que debemos resarcir con el consumo de más hidratos de carbono), lo que también ocurrirá si compensamos el consumo extra de hidratos de carbono o bien digamos antojos con bolos de insulina extra.

 

En resumen, lo que provoca que engordemos o adelgacemos, no es la insulina, sino una cuestión de lógica aplastante, aplicable a cualquier ser humano, con diabetes o sin diabetes: si ingerimos más calorías de las que nuestro cuerpo necesita y no las consumimos, evidentemente engordaremos, pero si hay un déficit en su consumo o compensamos ese exceso con actividad deportiva; entonces adelgazaremos, por ello, si nos pasamos en la ingesta de hidratos de carbono recomendados en función del metabolismo de cada uno, aunque nos inyectemos la insulina necesaria para esas raciones, y nuestras glucemias sean perfectas vamos a engordar como todo hijo de vecino, y repito otra vez NO, es la insulina lo que te hace engordar, sino el hecho de que has asaltado cuchillo en mano media nevera y parte de la despensa.

 

Para concluir, he de añadir para alertar a aquéllos a los que se les pueda ocurrir la brillante idea de “ah, pues ya está, no me pongo insulina o me pongo menos de la que necesito por ración de hidrato de carbono y así adelgazo y como lo que quiera”, una vez más, como bien diría Jack Slater craso error, pues la pérdida de glucosa por la orina de forma continuada, deteriora seriamente los riñones, además de que se vayan produciendo daños en nuestros vasos sanguíneos… y todo ello puede conllevar a la aparición de otras patologías consecuencia directa de una diabetes mal controlada y niveles altos de glucosa en sangre como pueden ser la retinopatía, nefropatía, neuropatía diabética etc…

Texto.- Patricia González Alonso