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JOSE BLANCO EN LA KOSTA TRAIL 2015

20 Jun, 2015 / 0

Intentarlo ya es sinónimo de éxito

 

Mientras preparaba la prueba imaginaba cruzar la meta con los brazos en alto, mostrando a quien por allí estuviera mi enorme satisfacción por el reto superado. Pero llegado el momento todo se quedó en un apretón de puños, en un acto de reconocimiento muy íntimo que sólo compartí con un desconocido con quien había corrido algunos kilómetros de la Kosta Trail 2015. No tenía ganas de hablar con nadie, tampoco tenía muchas fuerzas para hacerlo. Preferí sentarme con una buena botella de agua en la mano, estirar mis maltrechos músculos y sonreir por la gesta realizada. Era un momento para estar conmigo. Me caía bien a mi mismo.

 

No puedo decir aquello de “fueron 30 kilómetros de esfuerzo y sufrimiento” porque los primeros 20 fueron fantásticos, corriendo y caminando por lugares increíbles y rodeado de aficionados y gente que animaba a “los corredores”, mientras que los 10 últimos me recordaron a Frodo y Sam cuando, después de cruzar buena parte de Mordor, se enfrentaban a las inhumanas pendientes del Monte del Destino.

 

Desde Sopelana hasta las primeras rampas del Munarrikolanda todo fueron satisfacciones. Llegar a Plentzia, subir a Barrika, transitar por los acantilados y las playas de esta preciosa parte de la costa vizcaína, cruzar el bosque de la zona de Azkorri y sortear a las miles de personas que participaban en las marchas familiares, escuchando sus ánimos y aplausos, hizo de esos 20 primeros kilómetros una experiencia inolvidable.

Pero llegó el bosque de eucalipto, argoma, zarzas y barro por el que sube el sendero que nos llevaba hasta el punto más alto de la prueba. También llegaron los primeros tirones y la gente desapareció. Empezó el calvario, ese que te lleva a dudar de la oportunidad de tu elección, ese que sólo conseguí sobrellevar gracias a Gemma, una pequeña mujer con la que compartí aventura hasta que mis gemelos me pidieron un poco de descanso.

 

Pero el dolor no era nada comparado con lo que estaba por llegar. La organización no había calculado bien la cantidad de líquido que depositar en la cima del Munarrikolanda y a partir de ahí, km 25, la prueba pasó a ser de supervivencia y necesidad. Deshidratados y doloridos, entre pinchos y sobre barro, descendíamos hacia Sopelana. Yo lo hacía porque la retirada ya era imposible. No había lugar hacia el que huir. Todas las personas con las que coincidí compartían conmigo las ganas de que ese sufrimiento concluyera.

 

Pero todo llega, y allí estaba la línea de meta, ya con muy poquita gente. Y como tan bien canta Rubén Blades, “tan pronto nos sale el clavo se olvida todo el sufrimiento”, y del recuerdo desaparecieron esos 10 tremendos kilómetros de resbalones, arañados y tirones, esos casi 10.000 metros sin agua que recorrí atento al más mínimo síntoma de hipoglucemia (llevaba gel para prevenirla pero casi temía más a la pasta que se me iba a formar en la boca que al bajonazo).

 

No me había medido mis niveles de glucosa en sangre en toda la prueba, no lo había considerado necesario. Pero ahora tranquilo y sentado había llegado el momento. Y tenía 120 mg/dl… sin duda un exitazo, al menos para mi. Sé que debería haberlo hecho en alguna ocasión más, para que no me pillase el toro, pero preferí fiarme de la experiencia adquirida haciendo kilómetros de monte alrededor de Gorliz, ese precioso pueblo en el que concluyó la primera Kosta Trail, aquella que también terminé hace ya 10 años, cuando la diabetes tipo 1 no era ni una sospecha.

Ahora, escribiendo este breve relato (podría extenderme hasta aburrir a una pared) llevo tatuada el orgullo de haberme enfrentado a un reto así cuando todos a mi alrededor me pedían mesura y me tachaban de loco. Me he entrenado duro para ello, si es que lo es correr cada día acompañado de mi perra Amelie por impresionantes sendeos entre el mar y la montaña, y me he demostrado que los límites están en el cerebro mucho más que en el cuerpo. Y tengo la sensación de que hoy estaría casi casi tan orgulloso aunque no hubiera llegado a meta, porque lo verdaderamente importante era intentar lo que mucha gente consideraba imposible.

 

Si el domingo me hubieras preguntado si repetiría, te habría dicho que no. Pero hoy veo las cosas de forma muy diferente y vuelvo a sudar con mi perra por los alrededores de mi pueblo con la intención de enfrentar un reto similar a este más pronto que tarde.

 

Ojalá la organización de la Kosta Trail retome aquel tramo que discurre por Gorliz, por los senderos y los túneles de tiempos de la guerra civil que rodean el faro hasta subir al Ermua y que tanto nos hicieron sufrir hace 10 años. Son casi tan duros como los de Mordor-Munarrikolanda pero mucho más hermosos. Seguro que quienes somos de aquí y quienes son de allí lo agradeceremos.

 

De cualquier forma, ¡¡¡chapeau!!! porque esta prueba es magnífica, tanto como enfrentarla y superarla.

 

Jose Blanco

Team-One

JOSE BLANCO